Aromas
September 7, 2008 by Loudsoul
Tenía el carácter más voluble que quepa imaginar, pero también el mejor de los trabajos. Era catador de té. Tras su habitual sueño agitado e insuficiente, los efluvios del té negro obraban el milagro de reconciliarlo con la luz de la mañana. La acidez relajante de la bergamota abortaba el vaho de irritabilidad con el que invariablemente iniciaba el día. Despreciando los consejos de su gremio, que recomendaban una transición gradual de lo suave a lo complejo, prefería iniciar su jornada ocupandose de un robusto Pu-erh, procedente de Yunnan, que combinaba con gengibre y cortezas de naranja. Atender a las distintas texturas de la mezcla que sostenía en la palma de la mano, el cítrico que cedía con facilidad a la presión de sus dedos, y las evanescentes notas de las pálidas raíces mentoladas, que parecían estar en todas partes y en ninguna al mismo tiempo, conseguía fijar su atención de tal manera que las horas lo conducían al mediodía casi sin darse cuenta. Cuando podía elegir, reservaba el chai para la tarde. No sabía por qué, pero el vapor dulzón y especiado del chai de Cachemira, saturado de cardamomo y nuez moscada, le recordaba a las fiestas de cumpleaños de su niñez; en otras ocasiones, la misma combinación suscitaba visiones de carnaval o pasacalles, cuyos participantes ocultaban sus rostros pero desprendían olores familiares al pasar por su lado. Estas imágenes lo ponían siempre de buen humor, al contrario que el perfume del rooibos, acidulado y metálico, que tenía la virtud de dejar su mente en blanco. Muchas veces se sorprendía escrutando un puñado de sus estrechas hojas verdes, como si aquel manojo vegetal fuera a revelarle de dónde procedía y cuál era su particular historia. Aquellos días, cuando ya todos se habían marchado y sólo quedaba su lampara encendida en todo el almacén, solía abrir una cajita de madera de boj en la que guardaba un tesoro, una pequeña cantidad de Oolong de Jade que él mismo había recolectado un año antes. Aproximarse lentamente y con los ojos cerrados a aquellas hojas oscuras y enroscadas como cenizas le conducía de inmediato hasta las laderas de la escarpada región taiwanesa de Nantou, hasta sus amaneceres de niebla helada, hasta el espeso humo de las hogueras del valle que la lluvia dispersaba al caer tarde, y hasta la mirada atrevida y adolescente de Mei-Mei, cuya sonrisa feliz, contemplada de soslayo entre los arbustos de té cada mañana, lo había cautivado durante largos meses. Antes de abrir los ojos de nuevo, cerraba con cuidado la caja y la depositaba en la estantería. Después apagaba la luz y caminaba hacia la salida mientras sus recuerdos volaban lejos, muy lejos de allí.
Photo: ‘In the morning’, 2007 © tildi






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